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martes, 13 de febrero de 2007

¿La calle es tuya?


La prensa vallisoletana, en 1983, era más bien escasita y pacata. Se editaba el eterno Norte de Castilla, ya en franca decadencia desde los tiempos de oro, con Manu Leguineche, y la desaparecida “Hoja del lunes”, encargada de rellenar entonces casi todo su espacio con las tortuosas andanzas de un tal Real Valladolid, recién ascendido a primera división.
En aquel papel semanal, vestigio del régimen, escribía Samuel Pablo Encinas sobre grupos y música. Tenía, además, un programa nocturno en la SER.
Samuel Pablo, hombre afable, orondo y hedonista, se reía mucho de todo, con buen criterio, y no se tomaba en serio la infalibilidad de las “fuerzas vivas”, ya fueran estas del casino o del “politburó”.
En sus entrevistas tuvieron tribuna para expresarse los músicos, muchos adolescentes, que pululaban por los escasos tugurios en los que se “celebraban” conciertos.

En aquella naciente veta radiofónica de información musical local, los estudios de Montero Calvo fueron, y lo seguirían siendo muchos años, testigos de primera mano de gran parte de lo que se hacía en la ciudad.
Emilio Cimas, solo se me ocurren cosas buenas de quien abandona el mundanal ruido para abrir una librería, fue otro de los que ayudó, mucho, a abrir las ventanas, a ventilar una ciudad con un tufo fuerte a cerrado y sacristía. Arias, Rosa, Piluca y algunos otros, de cuarenta principales, ayudaban como podían. Paco Forjas, Fede Gallego, Carlos Blanco. Lo mejor del periodismo de la ciudad puso, en algún momento, sus ojos, en lo que estaba pasando: La primera generación de jóvenes no franquista había tomado las calles. Había una banda sonora.


Rondaban por ahí los chavales, como motos, conquistando libertades nuevas. “Acreedores diversos” y “Bragas elásticas”, punkis en sentido estricto, con todo lo que eso conllevaba en aquel espacio- tiempo de incomprensión y desprecio, mostraban su propuesta rupturista por los escasos escenarios posibles.
“Camelot”, unos críos, sufrieron la traumática experiencia de ver morir a un compañero durante un concierto en la universidad. Antepasados directos de los celtas cortos o Triquel, tuvieron como alma mater a uno de los primeros “niños prodigio”, (Toño Carrasco, de familia de músicos, multiinstrumentista, se convertiría más tarde en lobo solitario), y al “Cone”, un clásico, con algo de la Normandie o la Bretaña, al bajo.
“Estado de coma”, gente de la Rubia, hacían rocanroles a Judas Iscariote y baladas a la novia. Utilizaban una escenografía de batas blancas y el “Mimos” como cuartel general para las nacientes hordas musicales en la zona sur.
“Pelotón de ejecución” paisanos combativos, con mucho que vocear atenazado en la garganta por decenios de gritos de rigor obligatorios y cuentos de hadas sobre un pasado oculto, peor que siniestro, y un presente con un cierto olor a chamusquina .

Todos ellos “outsiders”, francotiradores, buscaron en los primeros ochenta una puerta más allá de los círculos “chachis”, oficiales, voluntariamente onanistas, con todos los respetos para Onán, venerable personaje; esos que continuamente hablaban de si mismos autoalabandose, pasándose unos a otros la mano por el lomo, copiando la verborrea de los gurús nacionales para provincianos sin folleto sobre la modernidad: Vibraciones, rock de luxe, diario pop, Ordobás, Ruta 66.

El ayuntamiento, siempre tan original, organizó concursos anuales para grupos de rock. El primero lo ganaron los Cardiacos, leoneses de pro, tótem regional de la era pop, gente noble y sana, constructores de tremendas canciones. Habían sonado en todo el estado promocionando las noches del Toisón. Eran lo que hoy se llama profesionales de reconocido prestigio. Con aquel invento se llenaban muchas horas de escenario por muy poco dinero. Se empezaba a construir un trampantojo, sin invertir se hacía ver que existía una actividad capaz de sostenerse por sus propios medios. No era verdad.
Se empezaba a calibrar la posibilidad de dejar en manos de “la iniciativa privada” lo que ya muchos consideraban solo un negocio más; como poner copas de garrafón en el Landó, a precio de Vega Sicilia, o vender farlopa en los conciertos multitudinarios.

Continuará

1 comentario:

Anónimo dijo...

al menos la farlopa sigue igual de cortada que antes....

salu'